
El viento que corre por las inmensas estepas de la Patagonia argentina siempre lleva consigo el sonido salvaje de la tierra y el cielo, donde manadas de caballos corren libres bajo un atardecer de colores brillantes. En una vieja estancia ganadera ubicada al pie de la cordillera de los Andes, don Mateo, de 72 años, pasa sus últimos años acompañado por su fiel amigo Relincho, un caballo criollo ya viejo. Relincho había sido el mayor orgullo de Mateo en las carreras de campo durante su juventud, pero ahora los años le habían pesado en las patas, con las articulaciones gastadas y el pelaje gris con manchas empezando a rasearse. Considerado inútil y una carga, el viejo caballo casi termina siendo vendido al flete por el antiguo dueño de la estancia, pero la firmeza de Mateo logró salvarlo, llevándoselo a cuidar a un pequeño corral al fondo de la casa. Aunque caminaba con dificultad y sus ojos se iban nublando, Relincho conservaba intacta esa mirada inteligente y triste, además de una lealtad absoluta hacia el viejo patrón que lo había salvado en sus peores momentos.
Una tarde de enero bochornosa, cuando el calor bravo del verano sudamericano dio paso de golpe a nubes negras cargadas que anunciaban un temporal fuerte en la estepa, don Mateo decidió salir solo a caballo hacia el campo traviesa para revisar la hacienda. Entre los años y un mareo de la nada, don Mateo tropezó y se cayó del recado a un pozo hondo tapado por losuyos y matas tupidas. El golpe fuerte lo dejó costilla quebrada y desmayado, mientras el celular se le voló lejos a una grieta oscura, imposible de alcanzar. En ese mismo instante, un remolino con una granizada brava se vino encima, tirando abajo varios árboles y armando un principio de incendio por un rayo que cayó en unosuyos secos ahí cerca, amenazando con quemar toda la zona.
Adentro del corral, Relincho sintió el peligro que se venía cuando el cielo se puso negro y el olor a quemado empezó a correr con el viento. Aunque le dolían las patas y el cuerpo viejo le pesaba, el instinto y el cariño grande por Mateo lo empujaron a romper la tranquera podrida. En lugar de disparar asustado para el otro lado como cualquier bicho, el viejo caballo se metió derecho en medio de la tierra y la lluvia, salta que te salta los pozos y los fachinales para buscar a su patrón. En el trayecto, los relinchos fuertes, roncos y dolidos de Relincho rompían el silencio de la noche que se venía, como un grito desesperado en medio de tanta soledad.
El momento más duro pasó cuando Relincho dio con el pozo donde don Mateo estaba atorado entre ramas caídas y barro, todo morado del frío y ahogado por el humo. El viejo caballo no lo dudó, se arrimó al borde del pozo y puso su cuerpo grande como escudo para tapar al patrón de los árboles que se seguían desmoronando, mientras con las manos rascaba duro la tierra para hacer más ancho el escape. Al ver que el fuego se venía encima, Relincho levantó la cabeza y pegó unos gritos bien bravos, llamando la atención de los peones que andaban buscando al patrón en plena tormenta. Cuando la luz de las linternas de la cuadrilla alumbró el lugar, se quedaron helados al ver al viejo caballo firme, haciendo guardia al lado del cuerpo quieto en el fondo del zanjón. A don Mateo lo sacaron al toque y lo mandaron de urgencia al hospital, salvándose de milagro.
Unas semanas más tarde, cuando el otoño empezó a asomar por los montes de la Patagonia, trayendo fresco y pastos amarillos, don Mateo ya estaba del todo recuperado. La casa de campo ahora se llena de risas, y Relincho ya no es el caballo viejo que querían tirar por ahí, sino que se convirtió en una leyenda viva que todo el gauchaje respeta y admira. Cada tardecita, cuando don Mateo sale despacito al corredor, el viejo caballo le arrima la cabeza y le hace mimos en el hombro, cerrando esta historia linda de una amistad que pudo más que los años y las malas.
El cariño sincero y el amor sin vueltas de los animales a veces son el mejor reparo para calentar los rincones más solos y salvarle las papas a uno cuando la cosa viene fulera.