
La neblina fría de las primeras horas de la mañana en las montañas de los Andes, a las afueras de Medellín, Colombia, suele tragarse cualquier sonido antes de que alcance a resonar. En un pequeño valle, donde los cafetales de un verde intenso se extienden abrazando las laderas empidas, la vida transcurre despacio al ritmo de la naturaleza y de quienes están atados a nuestra tierra. En una pequeña finca ubicada al borde de un precipicio, el abuelo Mateo, quien ya cumplió setenta y un años, comienza su día con el ruido conocido del molinillo manual de café. Su único compañero en esa casita de techo de tejas de barro no es un perro fiel ni un gato perezoso junto al fogón, sino un jabalí salvaje adulto que responde al nombre de Tomas.
Tomas no es como los animales comunes de una finca. Tiene un pelaje duro de color marrón oscuro mezclado con rayas grisáceas por los años, las orejas un poco caídas y una mirada sumamente tranquila y profunda. Cuatro años atrás, Mateo encontró a Tomas cuando el marranito estaba temblando al lado de un árbol golpeado por un rayo tras un derrumbe terrible que arrasó con toda una franja de la ladera. En ese momento, Tomas tenía una herida en la pata trasera, estaba agotado y casi sin aliento. Al ver esos ojitos parpadeando pidiendo ayuda, Mateo, que acababa de perder a su esposa y vivía solo desde entonces, decidió alzar al marranito y llevárselo para cuidarlo. Le daba leche tibia con jeringa, le curaba la herida con trapos suaves cortados de una camisa vieja, y le puso por nombre Tomas como un amigo del alma con quien compartir esta tierra solitaria.
Con el tiempo, la herida de la pata de Tomas sanó, dejándole una cicatriz tenue y una cojerura leve al caminar, pero a cambio se puso sumamente fuerte, pesando casi cien kilos. Sin embargo, lo que hacía que los vecinos del valle vieran raro el asunto era la actitud de Tomas hacia Mateo. El animal nunca se alejaba mucho de la casa. Cada vez que Mateo salía a la huerta a coger café o a revisar las acequias de agua en la montaña, Tomas caminaba pasito a pasito detrás de él como una sombra paciente. No ladraba, no saltaba, solo de vez en cuando le rozaba el hocico al pantalón como avisándole que seguía ahí. La gente del pueblo a veces se sonreía y decía que el animal ya se había encariñado mucho, pero ninguno se imaginaba que debajo de esa apariencia tosca y calmada se escondía un instinto de supervivencia verraco, el mismo que le salvaría la vida a Mateo en una tarde maldita.
La temporada de lluvias ese año llegó antes de tiempo, trayendo ventarrones y aguaceros aguantados durante días y días que dejaron la tierra de los Andes empapada, blandita como una masita. Un martes por la tarde, bien gris, cuando la neblina espesa empezó a bajar tapando hasta los árboles más altos, Mateo vio que el acequión de la parte de atrás de la huerta se había tapado con ramas quebradas y hojas secas. Si no lo destapaba rápido, el agua de la lluvia iba a meterse al depósito donde tenía guardado el café recién cosechado, dañando todo el trabajo de la cosecha. Aunque ya está viejito y aguantaba achaques, el abuelo se empacaró y salió con su azadón viejo para la parte de atrás del barranco.
Tomas se le fue pegado a los talones, oliendo con el hocico la tierra mojada y embarrada. De un momento a otro, al marranito se le erizó el pelo del lomo, las orejas le temblaban y empezó a soltar un ronquido feo en la garganta, una seña de alerta que Mateo, tan metido en el trabajo, ni le paró bolas. Cuando el abuelo se agachó para meter el azadón y abrir camino al agua, se oyó un ruido seco y durísimo desde las entrañas de la tierra, como un trueno bramando debajo de los pies. Un pedazo enorme de la montaña empezó a venirse abajo, rodando hacia el abismo y llevándose toneladas de tierra, barro y palos quebrados.
Antes de que Mateo alcanzara a tropezar con el peligro que se le venía Encima, Tomas se le fue a la fija con una fuerza escondida impresionante. No salió a correr, sino que con todo su cuerpo pesado le dio un empujón al abuelo, botándolo derechito adentro de un huequito que hacía la roca de la peña, bien tapado por las raíces fuertes de un árbol viejo. Ni un segundo después, un cerro de tierra y piedras se vino al suelo, tapando exactico el caminito y la parte de atrás de la casa. El abuelo quedó trancado en el hueco, mareado, con el pecho apretado por el polvo y los gritos ahogados en el pecho. En medio de la oscuridad de los escombros, Mateo solo escuchaba la respiración pesada y el hocico rascando la tierra ahí mismito, afuera.
Tomas se salvó de rodar al abismo porque tuvo buenos reflejos y se aferró con las uñas a las raíces, pero le quedó medio cuerpo de atrás tapado por un gentío de tierra pesada. En vez de ponerse a chillar asustado, el marranito gastó lo último que le quedaba de fuerza empujando con el hocico las piedras grandes que tapaban la entrada de la cueva donde estaba encerrado Mateo. El rascadero, los soplidos a cada rato y la insistencia de ese animal mantuvieron al abuelo con la cabeza fría, sin dejarse desmayar por el susto y la oscuridad.
Afuera, la noche se vino encima rapidito con ese aguacero que no aflojaba. Al ver que el viejo no aparecía y escuchando unos bramidos apagados por el lado de la loma, el nieto Santiago, que vivía en una finca cerquita, se armó con una linterna y un palo para venirse a pie a revisar. Cuando llegó, lo que vio lo dejó frío: media montaña ya no estaba, y entre el barrial, el marrano Tomas estaba dándole con toda para destapar un hueco, mientras adentro se oía la voz flojita del abuelito.
La llegada a tiempo de Santiago y de la gente del pueblo sacó a Mateo de las garras de la muerte. Cuando lo subieron a un lugar seguro, lo primero que hizo el abuelo no fue mirarse los golpes, sino estirar la mano llamando a su compañero de cuatro patas. A los rescatistas les tocó echarle casi dos horas para poder correr las piedras pesadas que tenían aplastado al pobre Tomas y sacarlo de ahí. El marrano berraco estaba malherido de una pata, respirando fuerte, pero alzaba la jeta apenas veía a Mateo sentado en la camilla.
A las semanas, las heridas del abuelo y del animal fueron sanando gracias al amor de la familia y al respeto de toda la vereda. Tomas ya dejó de ser un animal cualquiera en la finca de Mateo; se volvió símbolo deberraquera, de lealtad y de un cariño tan grande entre hombre y animal en estas tierras frías. Todas las tardes, cuando el sol se va poniendo por el valle de Medellín, la gente sigue viendo al viejo de pelo blanco sentadito en el corredor, con el jabalí grande de patica coja al lado, mirando juntos el verde verde de ese rincón donde le ganaron la pelea a la muerte.
El amor de verdad y la compañía sin condiciones le pasan por encima a cualquier diferencia de razas o especies, convirtiendo a los seres más sencillos en los héroes que nos salvan cuando la vida se pone fea.