
El viento se colaba por las grietas de la fría cordillera de los Andes en Perú, trayendo consigo el frío penetrante de una tarde de julio. En aquella ladera escarpada, don Mateo, un hombre que había llegado a los setenta y uno de edad con la espalda encorvada y las piernas adoloridas, andaba arreando perezosamente a su ganado de regreso al corral. En el rebaño había un animal al que don Mateo apenas prestaba atención, e incluso consideraba una carga: una vieja oveja de lana grisácea y opaca, con las orejas astilladas desde pequeña y un paso tan lento que siempre se quedaba atrás. La gente de la zona solía llamarla simplemente Viejo, tal vez por haber estado allí demasiado tiempo, pasando lunas frías sin haber aportado un beneficio considerable aparte de una lana áspera cada primavera. Don Mateo no pocas veces había pensado en venderla al matadero del pueblo vecino, pero la pereza y las ocupaciones diarias hacían que la idea se desvaneciera. Viejo seguía existiendo en la granja como una sombra inútil, viviendo acurrucado en la esquina del viejo corral junto a un montón de paja seca y podrida, limitándose a mascar en silencio hierba dura y cargando con una mirada triste y resignada. Nadie sabía que detrás de esa vejez y aspecto mísero se escondía una fuerza inquebrantable, esperando el momento de vida o muerte para revelarse.
Aquella tarde, el cielo gris plomizo de repente se puso a chispear, esa llovizna húmeda y traicionera característica del altiplano peruano. Fuertes ráfagas de viento empezaron a soplar de pronto con furia, arrastrando una espesa neblina que ocultaba el camino conocido. Don Mateo, por intentar alcanzar a una oveja descarriada, resbaló en una placa de musgo lodosa al borde del abismo. En cuestión de segundos, su viejo cuerpo cayó rodando hasta una saliente de roca escarpada oculta a la vista del sendero, quedando atrapado entre raíces secas y piedras verticales. La fuerte caída lo dejó adolorido, con una pierna golpeada de gravedad y sin poder moverla, mientras su bastón de bambú había salido disparado a quién sabe dónde. Por más que gritaba, solo respondían el aullido del viento y el eco helado de las rocas, ya que la granja quedaba lejos y los vecinos habían trancado sus puertas por el frío. Entre el frío que calaba los huesos y la oscuridad devorando el desfiladero, la desesperación comenzó a apretarle el pecho. Pensó en la muerte acercándose en soledad y, de repente, en su delirio por el dolor, la única imagen que cruzó su mente fue el rincón oscuro del establo donde Viejo solía agachar la cabeza.
Cuando la esperanza se apagaba, sobre el borde del precipicio resonó de pronto el repiqueteo de pezuñas ancianas. Viejo, a pesar de la lluvia fría y de su avanzada edad, se había negado a volver al corral con el rebaño. Se había quedado quieto al borde del abismo desde el momento en que don Mateo desapareció, con sus ojos opacos fijos en el lugar donde su amo yacía atrapado. En vez de alejarse a buscar pasto por instinto, la vieja oveja comenzó a emitir balidos profundos y ahogados, un sonido que resonaba entre los riscos como un llamado desgarrador que abría la neblina. Sin detenerse, empezó a escarbar con sus cuatro patas la tierra blanda del borde, armando alboroto para llamar la atención. Sin importarle el dolor de su cuerpo achacoso, se arriesgó a lanzarse a una repisa más baja, donde don Mateo agonizaba. Al momento en que la vieja oveja tropezó rodando junto a él, frotando su hocico cálido y de olor a lana mojada contra la mejilla helada de su amo, don Mateo sintió que un hilo de vida caliente le recorría el pecho. Era el animal al que había rechazado y querido botar, pero que ahora resultaba ser el único ser dispuesto a desafiar el peligro para estar con él en la hora más amarga.
La fuerza de Viejo no se limitó a aquella compañía consoladora. Al notar que su amo estaba exhausto y no podía trepar, la vieja oveja comenzó a usar todas sus fuerzas para un acto que iba contra sus instintos. Giró, usando sus cuernos cortos y duros para empujar a don Mateo, tratando de liberarlo de entre las raíces que lo aprisionaban. Cada embestida exigía un esfuerzo enorme de su cuerpo viejo, haciéndole jadear con espuma mezclada con barro. Además, al escuchar los ladridos de los perros a lo lejos cuando la partida de búsqueda de la familia salió a rastrinar, Viejo alzó la cabeza hacia la luz tenue de la linterna en la cumbre y soltó un potente balido continuo. Aulló largamente con la garganta seca, convirtiéndose en un faro viviente en medio de la helada noche. Gracias a su persistente llamado, los rescatistas pudieron ubicar con precisión la quebrada donde don Mateo sufría el accidente. Cuando la linterna enfocó de lleno la roca, ver a un anciano agotado siendo protegido por el cuerpo flaco de su vieja oveja dejó mudos a todos los presentes.
Cuando el equipo de rescate logró subir a don Mateo con cuerdas y lo llevó a casa junto al calor de la chimenea, Viejo seguía caminando a paso cojo pero con aire muy orgulloso tras la camilla. Esa noche, en la pequeña casa iluminada por el fuego y la calidez familiar, don Mateo abrazó a la oveja mientras lágrimas de arrepentimiento y emoción surcaban sus mejillas arrugadas, las de aquel hombre que había sido tan frío con ella. Desde entonces, el viejo y abandonado corral quedó limpio, con capas gruesas de paja y mantas abrigadoras, convirtiéndose en el mejor dormitorio de la granja. Viejo no volvió a pasar frío ni hambre; a donde fuera recibía caricias cariñosas de todos en la familia, volviéndose un símbolo viviente de lealtad y amor desinteresado en el corazón del majestuoso altiplano peruano.