El ladrido que resuena desde el matorral seco: El fiel guardián al borde del acantilado patagónico

Salió a la galería, lo llamó por el nombre, pero el hurón, lejos de acercarse, salió rajando a toda velocidad de vuelta hacia el sendero que trepaba al cerro solitario, una zona donde en esta época nadie anda por el peligro de derrumbes debido al deshielo. Mateo pensó que el bichito otra vez andaba curioseando detrás de algún ratón de campo, así que entró a buscar su campera abrigada y una vieja linterna para salir a buscarlo. Murmuraba entre dientes, retando con cariño las travesuras de su pichicho, sin sospechar ni por asomo que esa salida le iba a cambiar la vida a los dos para siempre.

El sendero estaba tapizado de hojas secas y barro helado bajo los pies. La débil luz amarilla de la linterna apenas si iluminaba un espacio angosto hacia adelante. Pampa se movía con una agilidad increíble, una pequeña sombra negra que aparecía y desaparecía detrás de los coihues centenarios. Cuanto más subían, más soplaba el viento, trayendo los primeros copos de nieve helada. Mateo respiraba agitado, sintiendo el pecho oprimido porque no estaba acostumbrado a hacer semejante esfuerzo físico con ese frío polar. Quería dar la vuelta, pero cada vez que frenaba, Pampa se daba vuelta, con sus ojitos negros reflejando la luz de la linterna con una intensidad urgente, como si estuviera cumpliendo una misión sagrada y gigantesca. Se adentraron en el monte ralo, cruzando incluso el límite que Mateo solía pisar en sus treinta años de vivir ahí. Al llegar a una quebrada angosta escondida detrás de unos helechos gigantes, Pampa desapareció de golpe en un pozo profundo bajo la raíz de un pino caído. Mateo gritó su nombre a los gritos, pero solo le contestó el viento silbando entre las paredes de piedra helada. Con el corazón en la boca por la preocupación, se apoyó en una roca llena de musgo para recuperar el aire y se agachó a enfilar la linterna hacia el hueco por donde el hurón acababa de meterse.

Justo en ese instante, en medio de la negrura y el frío que congelaba los huesos en la cordillera patagónica, el haz de la linterna barrió un detalle que hizo que a Mateo se le helara la sangre. Muy abajo, entre tierra removida, rocas caídas y ramas secas, brillaba un bastón de aluminio muy conocido. Era el bastón que su vecino soltero, un viejito llamado Esteban que vivía a casi dos kilómetros cruzando la lomada, usaba desde hacía años. Esteban ya tenía ochenta pirulos, había sufrido un ACV leve el invierno pasado y casi nunca salía de su casa, pero hacía dos días que no aparecía a buscar el pan que le repartían periódicamente. Todos creían que Esteban se había tomado el colectivo para visitar a unos parientes en la ciudad grande, a nadie se le cruzó por la cabeza que este abuelo solo se hubiera arriesgado a subir al monte a buscar leña seca y terminara patinando hacia este barranco escondido. Mateo estaba estupefacto; si no hubiera sido por la terquedad y el sexto sentido de Pampa para guiarlo hasta ahí, seguro que Esteban se habría quedado para siempre bajo la nieve y las piedras sin que nadie se enterara.

A fuerza de coraje y con lo que le quedaba de energía en sus años mozos, Mateo se olvidó por completo de su propio cansancio y se mandó cuerpo a tierra por la bajada empinada. En el fondo del pozo, de unos dos metros de profundidad, don Esteban yacía tirado sin moverse, con la ropa tapada de nieve, tieso y apenas respirando gracias a un pequeño agujero que conectaba con la superficie y por el cual Pampa acababa de colarse. Pampa estaba acurrucado cerquita del pecho de Esteban, usando su cuerpito caliente para transmitirle un poco de calor a ese tórax que se iba apagando, mientras le tocaba insistentemente el mentón con las patitas como intentando despertar al hombre que se estaba durmiendo para siempre. Al ver esa escena, los ojos viejos de Mateo se llenaron de lágrimas. Pegó un grito ronco, juntó fuerzas para correr unos troncos grandes que tapaban la boca del pozo y usó el bastón de Esteban para ir estirando y ayudando a subir al viejo, que estaba medio desmayado por el hambre y la hipotermia. Pampa iba y venía incansable al lado, toqueteando con el hocico los talones de las botas de Mateo para darle aliento al viejo en ese momento de vida o muerte.

Cuando la camioneta de los bomberos y la ambulancia local llegaron sirena mediante al pie del cerro gracias a la llamada de emergencia que Mateo hizo con su viejo teléfono satelital, los primeros rayos del alba empezaban a iluminar las cumbres nevadas. Don Esteban fue rescatado y llevado de urgencia, dejando a todos los médicos y lugareños boquiabiertos y emocionados. Nadie podía creer que un abuelo de ochenta años que había estado tirado en el fondo de un barranco durante dos días enteros pudiera seguir vivo con semejante clima, y menos aún que el héroe de la jornada hubiera sido un hurón al que muchos tildaban de bicho raro. En la habitación climatizada del hospital del pueblo, unos días más tarde, cuando Esteban se despertó y le estiró la mano curtida a Mateo con un hilo de voz, se le caía un lagrimón por la mejilla arrugada. Al pie de la cama, Pampa levantaba la cabecita, moviendo el hociquito rosado como si celebrara el milagro de esa vida salvada en medio de la nada. La historia del valiente hurón que rescató a un vecino en las montañas de Bariloche corrió como pólvora por todos los parajes del sur argentino, volviéndose un emblema rotundo del amor sin barreras entre las personas y la naturaleza. Desde ese día, la casita de Mateo no volvió a saber de soledades; cada vez que caía la tarde, con la galería inundada de sol, los dos viejos se sentaban a matear contemplando el valle en paz, mientras el petiso de cuatro patas meneaba feliz su colita en un abrazo lleno de amor verdadero.

La bondad y la lealtad a veces no necesitan palabras, sino que se quedan agazapadas en silencio dentro de las criaturas más pequeñas.

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