El viejo cuervo que velaba el derrumbe y el llanto desgarrador en una noche de aguacero por el valle cafetero

El cielo de la cordillera de los Andes en Colombia, durante los últimos días de la temporada de lluvias, siempre amanece cargado con una luz grisácea y turbia. En un caserío pequeño y empinado al palo de una loma, donde las fincas cafeteras se extienden en un verde intenso, vivía un animal raro que todos los días se paraba muy callado en una rama seca, al corredor de la casa del viejo Mateo. Era un cuervo ya entrado en años, con un plumaje negro tizón que se le iba volviendo gris ceniza en el cuello, y unos ojos tan hondos que parecían cargar con las penas del mundo. A nadie en la vereda le gustaba ese pájaro, pues según las consejas de los abuelos, los cuervos siempre anuncian desgracias o malas noticias. La gente lo espantaba, le tiraba cascajo pa’ que volara lejos, pero el cuervo nunca se alejaba más de unos cuantos metros de la huerta de don Mateo. Ahí se quedaba quietecito, ladeando un tris la cabeza, con la mirada clavada en el solar donde el viejo, de setenta años, se pasaba las horas apartando con mano temblorosa y llena de callos los granos de café para ponerlos a secar al sol.

Don Mateo llevaba mucho tiempo viudo y vivía solo en una casita de madera, acompañado únicamente por un radio viejo de transistores que no paraba de tocar boleros despechados de antaño. Para él, el cuervo no traía ninguna mala suerte; al contrario, esa compañía callada le ayudaba a calmar la soledad de la vejez, ahora que su único muchacho se había ido a probar suerte a la ciudad y casi ni se asomaba por allá. El viejo solía dejarle un platico con migas de arepa o unos granos de maíz cocido en el corredor. El cuervo nunca bajaba a comer delante de él; se esperaba pacientemente a que don Mateo entrara a la casa para dejarse caer al suelo y picotear con una desconfianza que a cualquiera le partía el alma. Los vecinos decían que a Mateo ya se le estaba chiflando la cabeza por alcahuetearle semejante pájaro de mal agüero, pero él solo se sonreía, mientras las arrugas de la cara se le arremolinaban con el paso de los años. Él sabía muy bien lo que era sentirse abandonado, y tal vez por eso entendía a ese animal tan mal mirado.

Sin embargo, la quietud de aquel valle cafetero se vio alterada por unas señales extrañas que solo la viveza de los animales logra pitar a tiempo. Como desde hacía una semana, el cuervo dejó de comerse el maíz. Le dio por cambiar de mañas de una manera tan rara que a don Mateo le entró la c Schul. Cada vez que caía la tarde, justo cuando la neblina empezaba a bajarse de la cuchilla de la montaña tapando los cafetales, el pájaro volaba directo a la ventana de la sala y le casaba unos picotazos secos al vidrio con una berraquera nunca antes vista. Eran golpes duros, seguidos, que sonaban como tambor de guerra en medio de ese silencio tan hondo. Y por si fuera poco, empezaba a soltar unos graznidos roncos, chillidos insoportables que le ponían a cualquiera los pelos de punta, mientras daba vueltas y vueltas en el aire por el lado de atrás de la loma, cerquita del despeñadero que alcahueteaba a todo el valle. Don Mateo salía al corredor y le pegaba sus gritos pa’ espantarlo, creyendo que se había vuelto loco, pero el cuervo no se cansaba. Se le tiraba a los pies, le rascaba el pantalón con las uñas y volvía a emprender vuelo hacia la peña, con los ojos bien abiertos como pidiendo cacao y muerto del susto.

Lo peor de todo armó su arranque una noche de luna nueva, cuando aguaceros de esos que llaman “palo de agua” se vinieron con toda, pareciendo que Dios estuviera vaciando baldes enteros sobre el zinc del techo. Don Mateo estaba dando vueltas en la cama, sin poder pegar el ojo por culpa del viento bravo que silbaba por las rendijas, cuando oyó que el cuervo le aporreaba la ventana del cuarto. No era un grito cualquiera; era un quejido largo y ahogado, como el llanto de un cristiano sufriendo las de Caín. El pájaro se estampaba con todo el cuerpo contra el vidrio, con las plumas empapadas y un chorro de sangre goteándole roja por una de las alas. El cacho de experiencia que da la vida en el monte le advirtió que algo muy grave estaba pasando. Sin importarle los dolores de la ruma ni lo jodido que andaba de las rodillas, se tiró encima una ruana vieja, se metió en las botas de caucho, agarró una linterna que ya ni alumbraba casi y se abrió paso hacia la oscuridad de la noche.

Tan pronto puso un pie fuera de la casa, el cuervo arrancó a volar adelante, tambaleándose por los mandados del viento pero calculando bien la distancia para que el viejo le viera el brillo de los ojos. Se lo llevó monte arriba, por un caminitorio embarrado hasta las cachas que la gente siempre esquivaba en invierno por el miedo a que se viniera la tierra. El chiflido del viento entre los cafetos parecía bramido de fiera. Don Mateo jadeaba, sudando la gota gorda y con el agua fría escurriéndole por la jeta, mientras el corazón se le quería salir del pecho del mero cansancio. Pero allá iba la sombra negra del cuervo, firme como un farolito en medio de esa tormenta brava. Habrán andado unos quinientos metros cuando el viejo se quedó de una sola pieza al ver lo que había pasado.

El momento más fregado de la historia llegó cuando la luz flaca de la linterna alcanzó a alumbrar la falda del peñasco. Media montaña de tierra greda se había desprendido por culpa de unas chorreras de agua y se había tragado un pedazo de camino. Y ahí abajito, metido entre la greda y casi tocando la quebrada que venía crecida y turbia, estaba la moto vuelta nada y un cuerpo humano que no se movía. Era el muchacho, su nieto, que se había pasado por la casa esa misma tarde en la moto vieja, sin hacerle caso al abuelo que le rogaba que se quedara porque el agua amenazaba feo. El muchacho iba a alcanzar el turno de la noche en el pueblo de al lado, pero un derrumbe lo había cogido por sorpresa, mandándolo al fondo del cañón con una pierna trancada debajo de una piedra grandísima, desmayado de la pea y perdiendo sangre a chorros. Si no hubiera sido por los gritos desesperados y la terquedad de ese viejo cuervo que no comió cuento con el peligro, al otro día, cuando la creciente barriera con lo que quedaba del cañadón, nadie habría encontrado los restos del pobre muchacho.

Don Mateo soltó un grito que le salió del alma y, sin importarle la edad, se metió al trocha-muerto a jalar piedras y apartar tierra pa’ rescatar a su sangre, mientras el cuervo, quieto en la rama de un árbol cercano, tiraba unos graznidos secos como respirando aliviado en medio del temporal. Gracias a que los vecinos acudieron al toque apenas el viejo pegó los gritos de auxilio y sacaron al muchacho alzado, lo bajaron volando al puesto de salud y se salvó de milagro. Al otro día, cuando los primeros rayos de sol tibio rompieron la neblina espesa sobre el valle, ya nadie le tiraba piedras ni le hacía mala cara al cuervo. Al contrario, en el corredor de la casa de don Mateo le dejaron bien acomodado un plato hondo copado de maíz amarillo tierno y unos buenos pedazos de carne, como agradecimiento callado de toda la vereda al animalito de plumas negras. El cuervo seguía ahí paradito, mirando con calma cómo volvía la paz, mientras don Mateo sonreía apoyando la mano en el quicio de la puerta, donde su callado amigo había dejado escrito un milagro en medio de la montaña.

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