Ojos Brillantes en la Madrugada Fría de los Andes: Cuando el Héroe No Necesita Botas

Entre el frío que cala hasta los huesos en una madrugada de neblina y helada que cubría la pequeña vereda en la falda de los Andes colombianos, don Mateo, de cincuenta y bảy años, seguía sentado de cacho en una silla de madera vieja en el corredor de la casa. Ya habían pasado seis meses desde el día en que doña Elena, su compañera de toda la vida, se nos fue a mejor vida tras una dura enfermedad. Desde entonces, la casa se había vuelto un espacio vacío, solitario y sumido en un silencio espeso, igualito a la oscuridad de afuera. A Mateo ya no le importaba el prado, ni las mañanas de mercado llenas de bulla y risas, ni el ganado que andaba por los potreros. Prefería encerrarse en sí mismo, viviendo de recuerdos borrosos y de un guayabo y un dolor que nunca mermaban. Por ahí cerquita, ya nadie le prestaba atención a un animalito flaco, fregado, con un pasado lleno de cicatrices que había llegado a buscar morada al corredor hacía ya varios meses: un cusumbo (zorro perruno de páramo) que rengueaba de una pata, con el pelo despelucado y siempre desconfiado de la gente. Mateo no le puso nombre ni lo espantó; lo dejó que se buscara la vida por la huerta de atrás. Ese animalito, con su pelaje grisoso y unos ojos hondos y tristes, parecía cargar con la misma soledad honda del viejo. Ninguno en el caserío le paraba bolas a su presencia callada, y mucho menos se imaginaban que ese vivito olvidado por Dios y por el mundo guardaba un secreto capaz de cambiarle el rumbo a toda la historia en una sola noche.

La cosa empezó a cambiar una tarde de fin de semana cuando el cielo de la cordillera se puso gris barriga de burro y una garúa fría comenzó a meterse por entre las hojas. Mateo, embalado mirando fotos viejas de su negra, se olvidó por completo de revisar el sistema de calefacción y las recámaras de la bodega de leña y papa ubicada debajo del piso de tabla, un espacio socavado desde tiempos de sus taitas para guardar el sustento del invierno. Ese sótano no solo guardaba maíz y arracachas, sino que tenía un fogoncito de carbón para templar los cimientos de la casa. Cuando cayó la noche, una pringada de granizo comenzó a blanquear los techos de zinc y paja, y el frío se metió hasta el tuétano. Mateo entró a la sala, prendió una estufita y se quedó dormido en el sofá, rendido de tanto pensar. En medio del sueño pesadamente, no se dio cuenta de que un pedazo de tubo de la chimenea, rajado desde el aguacero pasado, estaba botando los gases del fogón subterráneo, los cuales se filtraban por las rendijas del piso y empezaban a llenar la piececita con un tufo mortal, sin color ni olor. La quietud de la noche se tragó la casa, volviéndola una ratonera invisible. A esa misma hora, en el solar, el cusumbo se puso inquieto, rascando la tierra dura con sus uñas y soltando unos gruñidos bajitos de puro afán. Las orejas paradas y el olfato finísimo de animal de monte ya le habían avisado que andaba rondando la pelada de ojo, un tufo a muerte que los cristianos ni sintieron en el sueño.

En vez de abrir campo y buscar salvarse el pellejo como manda la ley de monte, el cusumbo se tiró de cabeza contra una ventanita de madera que estaba entornada y tenía un vidrio quebrado tapado con un plástico viejo. Le metió todo el cuerpo al bache y armó un escándalo seco que retumbó en la soledad de la madrugada. Adentro, Mateo seguía fregado en un sopor espeso, respirando cada vez más despacio y con la jeta morada por falta de aire. Al ver que el viejo no respondía, el animal se pegó con las uñas del rabo del marco y empezó a raspar la madera con una bulla tremenda. Se puso a chillar con unos aullidos cortos, cortantes y desesperados, unos sonidos que jamás se le habían escuchado desde que llegó por esos lares. Como ajuiciar al viejo con arañazos no dio resultado, al cusumbo le dio por jugársela toda: se metió por el hueco angosto de la ventana, sin importarle que los vidrios quebrados le abrieran la piel y le dejaran la sangre regada. Sin pensarlo dos veces, se metió a la sala donde la hediondez y el humo pesado ahogaban el ambiente. El animal corrió hasta el sofá, le clavó las patas delanteras en los brazos a Mateo y empezó a darle golpes con elacho frío contra la barba del viejito. Esos rasguñones con ardor y el olor a humo metido en la jeta le sacudieron los nervios a Mateo, que medio se retorció en la cama. Sin embargo, el gas lo tenía tan fregado que no era capaz de abrir los ojos. Viendo que el patrón se nos iba al otro mundo, el cusumbo estiró el cuello y pegó un grito largo, guacho y adolorido que rompió el frío de la madrugada en el cañón, queriendo despertar a los vecinos que vivían a juetazos de distancia.

El momento clave llegó cuando el alarido pelado del animal por fin le llamó la atención a don Pedro, un montañero que andaba ranchando por los potreros para avistar derrumbes por tanta agua y helada. Al reconocer que ese chiflido no era normal y venía de la casa de don Mateo —un hombre huraño que nunca criaba animales ni armaba alharaca—, Pedro sacó la linterna y se fue tropezando monte abajo entre la neblina. Cuando empujó la puerta de madera que estaba sin cerrojo, un ventarrón caliente con olor a carbón quemado le pegó en la cara. A la luz de la candela, lo que vio lo dejó cuadriculado: Mateo estirado en el sofá, sin mover un dedo, colorado y sin aire; y el cusumbo parado encima del pecho, chorreando sangre por las cortadas de los vidrios, mirándolo fijamente como si ya le fuera a entregar el alma a Dios. Sin pensarlo dos veces, Pedro sacó al viejo al solar, le sopló aire boca a boca, abrió puertas y ventanas de un par, y llamó a la posta médica de la vereda. En medio de esa corredera y de los sustos, el cusumbo se arrastró herido hasta donde estaba el hombre, meneando despacito la cola cuando oyó que a Mateo le soplaba el pecho el primer ronquido de vida. La berraquera y el valor de un animal al que todos habían echado al olvido le ganaron la partida a la parca, salvándole la vida a un cristiano que estaba al borde del abismo.

A las pocas semanas, la casita de la loma en los Andes ya era otra cosa. Se acabó el frío, la soledad y la jartera de antes; ahora aquello brillaba con el sol del páramo y las risas de los vecinos que llegaban a saludar. Don Mateo se recuperó por completo del susto tan berraco. Lo primerito que preguntó al abrir los ojos en el hospital no fue por sus achaquecitos, sino por el animalito que lo había sacado de allá. Ya por esos días, el cusumbo tenía nombre propio que le puso el mismo Mateo: Milagro. Las heridas del animal sanaron dejando unas rayitas de cicatriz, pero ahora vivía alcahueteado, estirado en una cobija de lana gorda al lado de la tulpa arreglada. Mateo ya no se la pasaba tragándose las penas del pasado; por las tardes se veía a los dos bajando despacito por los caminos de piedra de la vereda, donde todo el mundo los saludaba con respeto y cariño. La historia de ese zorro valiente rodó por todas las veredas, volviéndose leyenda viva de lo que puede el cariño sincero y la bondad cuando menos se espera. De la peor prueba de la vida, tanto el viejo como el animal sacaron elacho adelante, entendiendo que mientras a uno le lata el corazón por el otro, siempre habrá luz para ganarle a las noches más frías de la existencia.

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