
La luz del sol vespertino se filtraba a través de las rocas escarpadas de la altura de Huancavelica, Perú, tiñendo de un anaranjado melancólico las áridas terrazas de cultivo. Don Mateo, un hombre que ya había cruzado la barrera de los setenta años con las manos curtidas por el rigor del clima, yacía sentado en silencio sobre un pequeño banco de madera en el porche de su casa. A su lado, una llama llamada Chaski mascaba pasto con parsimonia. Chaski ya era vieja; su denso pelaje de color marfil ya lucía mechones amarillentos y sus orejas colgaban siempre abatidas por el cansancio. Nadie en aquel pequeño poblado se dignaba a prestarle atención a Chaski desde el día en que se lesionó la pata trasera durante una travesía de carga por un paso difícil y su antiguo dueño la abandonó a la vera del camino, donde las heladas ráfagas de los Andes podían arrebatarle la vida en cualquier momento.
Don Mateo había acogido a Chaski en su hogar una tarde tormentosa hacía seis años. No era un hombre adinerado, vivía solo en una pequeña choza de piedra, pero la mirada firme y triste que la bestia le dirigió en ese entonces conmovió lo más hondo de su alma solitaria. Desde entonces, Chaski se había convertido en su única compañera durante las tardes en que guiaba al rebaño de ovejas hacia la ladera del cerro. Sin embargo, en los últimos tiempos, el animal comenzó a manifestar actitudes extrañas que desconcertaban profundamente a Don Mateo. Justo al caer el crepúsculo, cuando la neblina empezaba a invadir el valle, Chaski levantaba la cabeza con altivez y fijaba su vista en dirección a un risco escarpado llamado Rumi Q’asa, un paraje al que ningún pastor se atrevía a pisar desde el descomunal deslizamiento de tierra ocurrido una década atrás. La bestia se negaba a entrar al corral; se plantaba firme ahí, emitiendo unos bramidos broncos y ahogados desde el pecho, con sus ojos oscuros clavados en la oscuridad que devoraba los farallones verticales. Don Mateo creía que la llama desvariaba por la vejez, hasta que llegó aquella tarde fatídica en que la pequeña esquila de bronce colgada al cuello de Chaski comenzó a repiquetear con una fuerza y urgencia insólitas.
Aquel día, el cielo de Huancavelica se ensombreció de forma anormal; nubes plomizas se agruparon trayendo consigo el frío glacial y cortante del invierno andino. Don Mateo comprendió que se había demorado demasiado en la falda del monte y que el ganado debía retornar raudo. No obstante, Chaski giró de golpe y se precipitó de frente hacia el desfiladero de Rumi Q’asa en lugar de tomar el sendero habitual rumbo al corral. Sobresaltado, el anciano la llamó a gritos, pero el animal hizo oídos sordos; cruzó a toda carrera entre matorrales espinosos y su rengueo habitual se tornó de pronto en una determinación insólita. Viéndose en la obligación de seguirla para impedir que sufriera un percance, el viejo arrastró sus doloridas piernas adentrándose en aquel páramo desolado que los lugareños llamaban la «boca del lobo». El viento silbaba con furia en los oídos, arrastrando pedriscos helados que flagelaban su rostro con ardor. Don Mateo respiraba con dificultad, con el pecho apretado por los años y el agotamiento, pero el viejo cencerro atado al cuello de Chaski seguía tintineando al frente de manera constante como el único hilo conductor en medio de aquella bruma espesa.
Al tambalearse hasta el mismo borde del abismo en Rumi Q’asa, una escena espeluznante se abrió ante sus ojos. En el fondo de una grieta de unos cinco metros de profundidad, donde la tierra acababa de ceder tras las copiosas lluvias, un cuerpecito yacía inmóvil sepultado bajo fango y ramas secas. Se trataba de su nieto, un chiquillo de diez años que había subido desde el pueblo al pie de la montaña para visitarlo el fin de semana, pero que se hallaba desaparecido desde el mediodía. El muchacho estaba prisionero bajo una roca enorme, con los labios morados y un aliento tan débil que apenas se percibía. Chaski permanecía al filo del precipicio, escarbando con fuerza el terreno pedregoso para advertir el peligro a la vez que profería quejidos lastimeros llamando a su amo. Resultaba que, durante semanas, la llama había olfateado la presencia de personas atrapadas o presagiado la tragedia en aquella zona, mas nadie quiso escucharla hasta que fue demasiado tarde.
En el instante en que Don Mateo divisó a su único nieto allí tendido, su mundo se desplomó. El corazón del anciano se encogió y sus rodillas flaquearon sobre el suelo gélido. Sin fuerzas ya para levantar por cuenta propia la pesada piedra que oprimía la extremidad del chico, el abuelo gritó su nombre con sollozos anegados de desesperación. Justo en ese momento, Chaski se lanzó al fondo del barranco con un valor descomunal, sin importarle su vieja lesión. El animal volcó todo su peso, apoyando el hombro contra el rocasón que aplastaba al muchacho, y dejó escapar un bramido prolongado y potente que resonó en todo el cañón. Usando su instinto de supervivencia y el afecto incondicional hacia el hogar que la había cobijado, la vieja llama hizo fuerza con sus patas delanteras hasta lograr deslizar la piedra unos cuantos centímetros, lo justo para que el niño pudiera zafar el pie del lodo.
El peso de la roca estuvo a punto de derribar a Chaski; la sangre de su antigua herida brotó manchando su pelaje blanco, pero se mantuvo firme hasta que Don Mateo logró arrastrarse hasta el fondo de la hondonada y vaciar sus últimas energías sacando a su nieto a salvo. Apenas el infante quedó cobijado en sus brazos, la piedra terminó de ceder sepultando el hueco por completo, pero Chaski alcanzó a dar un salto hacia atrás por cuestión de milímetros. Un segundo alud de tierra se precipitó de inmediato, aunque en ese momento los dos hombres y el animal ya se habían resguardado en una oquedad segura, a la espera de que la brigada de rescate del caserío acudiera tras escuchar el tañido salvador que cruzó la cumbre.
Cuando los primeros rayos del alba iluminaron el valle de Huancavelica, el pueblito entero quedó profundamente conmovido al enterarse del heroísmo de aquella llama marginada. El pequeño Mateo se recuperó con rapidez gracias a los cuidados de su gente, y desde aquel día, el sitial de madera frente a la choza de Don Mateo jamás volvió a sentirse solitario. A Chaski le abrigaron con mantas de lana fina tejidas por las propias manos de los comuneros, y su viejo cencerro fue lustrado hasta sacarle brillo, repicando alegremente en cada alborada. Nadie volvió a tacharla de inútil ni inválida; ahora, Chaski era la heroína de todo el valle, el símbolo viviente de la lealtad y el cariño capaces de doblegar las adversidades más cruentas del altiplano.