El Pequeñito Ovejito Entre el Huayco y la Campana del Destino de Milagro

En lo más profundo del valle de los Andes, allá donde la neblina suele tapar las laderas en andenes y el agua del riachuelo suena todo el año, vivía un carnerito viejito llamado Mateo. La lana de Mateo ya se había puesto de un color amarillo marfil con los años, ya no era esa borra blanca y esponjosa de cuando era chiquillo, y sus pasos también se habían vuelto lentos y pesados después de salvarse de milagro de una peste brava años atrás. A su edad avanzada, Mateo ya no andaba con el rebaño grande cada vez que subían a los pastizales altos. Se la pasaba solito por la casita de piedra al pie del abra —donde don Mateo, un viejito viudo que vivía calladito desde hace tiempo, lo había acogido y criado—.

Don Mateo ya estaba cerca de los ochenta años, con los ojos nublados por los años y los oídos que ya no escuchaban bien cómo silbaba el viento por los eucaliptos cuando entraba la temporada de lluvias. En esa casita de piedra, los dos viejitos se hacían compañía, llevando un ritmo tan lento y tranquilo que parecía que el tiempo se habí⁠a olvidado de ellos. Pero lo curioso era que el carnerito Mateo no era como los demás corderos de la zona. Cada vez que el cielo se ponía feo para llover fuerte, en vez de buscar un rincón seco para esconderse por instinto, empezaba a zapatear duro contra el suelo mojado, levantando el cuello y soltando un balido ronco y apretado mirando hacia el riachuelo seco que pasaba por la parte de atrás de la casa. Don Mateo creía que el animalito viejo se asustaba nomás con los truenos de lejos, así que solo le sobaba la cabeza y le cantaba despacito sus huaynos de siempre para calmar a su compadrito.

Nadie en el caserío de la falda del cerro sabía que, muy hondo en el instinto del carnerito Mateo, se guardaba un recuerdo que nunca se borró de una crecida brava que se había tragado medio cerro hacía ya varios años. El invierno llegó más antes que nunca este año, trayendo aguaceros fregados desde la ceja de selva de los Andes. Nomás con dos días de llover y llover, el riachuelito manso se volvió de repente un monstruo turbio y barroso que bajaba rugiendo, arrastrando lodo, árboles quebrados y piedras grandes. El agua que bajaba de la jalca vino con tanta fuerza que inundó todo lo bajito en un mar de barro. Una noche negrita, mientras don Mateo roncaba hondo cansado por los años y el frío que calaba los huesos, el huayco empezó a meterse por la puerta de la casita de piedra, trayendo lodo fresco y pedazos que chocaban contra las paredes.

En plena oscuridad, don Mateo ni se enteraba del peligro que le rondaba abajito de su cama de palo. Él seguía respirando tranquilamente, soñando con su difunta esposa y con las buenas cosechas de cuando era mozo. En eso, al carnerito viejo Mateo el agua helada lo hizo saltar de golpe. Sus cuatro patas patinaban en el agua que ya le iba por la mitad del cuerpo. En vez de huir corriendo hacia la parte más alta en la esquina del cuarto, el carnerito viejo dio la vuelta de golpe, mirando hacia la cama del taita. Empezó a golpear con sus cacho curvos y gastados las patas pesadas de la cama de madera, haciendo un ruido seco que retumbaba en la madrugada. El grito del carnerito ya no era un balido cualquiera, era un sonido ronco, desesperado y apurado, como un llamado a la vida cuando uno ya está al borde del abismo.

Don Mateo medio despertó, con su mano tembleque buscando el mechero en la sillita de al lado. Pero antes de que pudiera hacer chispa con el fósforo, una ola grande botó parte de la pared del malecón, haciendo que el agua arrastre la silla y rompa una pata de la cama. El taita se cayó asustado al agua helada, y antes de que pudiera pararse, otro pedazo de pared de adobes se vino abajo, tapándole medio cuerpo con escombros y barro espeso. Con lo pesado que estaba por la edad y el agua que lo empujaba, no se podía mover ni un poquito, el aire se le iba cortando y ya se estaba quedando dormido en la negrura de la desgracia.

En ese momento de vida o muerte, el carnerito Mateo no salió corriendo por la ventana que se había roto. Sacando una fuerza que ni se sabía de dónde tenía para lo viejo que era, se metió al agua honda y se fue directo al montón de adobes donde el viejito estaba trancado. Sus ojitos nublados se abrieron bien grandes, bien decididos. Con el hocico empujaba las piedras que aplastaban a su amo, aguantando los raspones que le hacían sangrar el hocico y las patitas que le temblaban. Cuando ya no pudo mover las rocas grandes con el cuerpo, el carnerito juntó todo el aire que le quedaba, estiró el cuello y pegó unos gritos largos, roncos y fuertes que cortaron la noche de lluvia y viento. Ese grito llegó lejos por el valle, distinto al de todos los días, cargado de un ruego que daba pena y urgencia.

Por suerte, en una casa cerquita, el hijo de don Mateo con la gente del pueblo y los comuneros habían salido a buscarlo al ver que la autoridad mandó aviso de evacuar urgente. Entre el aguacero que caía con fuerza y el bramido del río crecido, se escuchó clarito el balido apurado y seguido de un animalito que salía de la casita de piedra vieja. Siguiendo ese sonido que los guio, los paisanos cruzaron el agua que seguía subiendo, rompieron el marco de la ventana gastada y sacaron a tiempo a don Mateo de entre los escombros antes de que la casa se viniera abajo del todo con la corriente. Cuando la linterna alumbró adentro, lo vieron al taita tirado en el barro, y ahí cerquita, el carnerito viejo Mateo estaba parado cuidándole la cabeza a su amo, tiritando de frío y cansancio, pero sin quitarle los ojos de encima a su compadrito de toda la vida.

A los pocos días, cuando pasó la mazamorra y solo quedaron los huaycos marcados en el cerro, la casita de piedra se quedó con las paredes rotas. Pero en la corredor de la casa del hijo —a donde llevaron a don Mateo a recuperarse— se armó una escena tan tierna que a cualquiera se le caían las lágrimas. El taita estaba sentado en su banquito largo de madera en la puerta, con su mano arrugada y tembleque sobando con cariño el pelaje grueso y limpio del carnerito viejo que se echaba mansito a sus pies. Ya no había distancia entre el dueño y el animal; ahora eran dos almas que habían cruzado la raya del peligro para quedarse en este mundo. El carnerito chiquito de antes ahora era considerado por toda la familia como un salvador de verdad, un miembro más de esa casita humilde que descansa tranquila al pie del cerro.

El valor y la lealtad calladita a veces no se dicen hablando nomás, pero tienen la fuerza de salvarle la vida a uno en los momentos más oscuros de la existencia.

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