
Todos en el valle de Lerma decían que ese burro era la criatura más miserable e inútil de toda la provincia de Salta. Tenía una cojera rengueante en la pata trasera izquierda, y cada paso que daba dejaba una larga marca arrastrada sobre el camino de tierra colorada. Su cuerpo estaba tan flaco que se le notaban las costillas debajo de ese pelo grisáceo y desgreñado. Nadie sabía de dónde mierda había salido, solo sabían que cada tarde, cuando la niebla empezaba a tapar los cerros, el burrito subía a los tropezones por la trepada que llevaba a la casilla de madera podrida del viejo Esteban —un hombre de 68 años que vivía en absoluta soledad desde que su esposa había fallecido el año anterior.
Don Esteban nunca había querido tener a ese burro. Estaba pasando por los días más oscuros y desesperados de su vida. La artritis lo atormentaba sin piedad, haciéndole difícil dar un solo paso, mientras la soledad le iba comiendo la cabeza día a día. Al principio, trataba de espantarlo; le tiraba manzanas podridas para que se fuera a la mierda. Pero el burro —al que con amargura terminó llamando Mateo— volvía una y otra vez con una paciencia infinita. Lo raro era que Mateo nunca comía del pasto de su jardín; solo se quedaba ahí, en silencio, apoyando la cabeza junto a la silla de madera despintada del porch, ese mismo lugar donde la difunta esposa de Esteban se sentaba a tejer cada tarde.
Había un secreto que Don Esteban ignoró por meses. Años atrás, cuando Mateo era apenas un burrito joven que seguía a las tropas de cargueros que cruzaban el valle, lo habían dejado tirado por tener una pata quebrada. Fue doña María, la esposa de Esteban, quien durante una de sus salidas a juntar yuyos por los cerros, lo encontró y, a espaldas de su marido, le curó la pata con cataplasmas y le dio de comer unas zanahorias dulces. La campanita de bronce despintada que Mateo llevaba colgada al cuello era la misma que doña María le había atado con sus propias manos aquel día para reconocerlo. Cuando ella falleció, lo único que le recordaba a este pobre animal el calor humano era esa casilla de madera y la silla vacía en el porch.
Esa noche, una tormenta feroz se vino encima de la serranía salteña. Llovió a cántaros durante horas, ablandando los paredones de piedra y barro en las laderas más empinadas. Don Esteban estaba tirado en su casilla, escuchando cómo el viento silbaba entre las hendiduras de la puerta, con una amargura que le carcomía el pecho. Ni se molestó en prender una vela; se quedó echado en la cama, dejando que las gotas de lluvia le cayeran en la cara desde el techo de paja. Pensaba que si esa noche se venía el cerro abajo y se lo llevaba puesto, a nadie en este mundo le iba a importar un carajo.
Cerca de las dos de la mañana, un estruendo infernal retumbó en la noche. La tierra de la cima empezó a desmoronarse. La casilla de Don Esteban crujió bajo la presión de toneladas de barro. La pared trasera se hizo pedazos, arrastrando el techo del porch. Don Esteban intentó levantarse de un salto pero no llegó: un tirante enorme de madera cayó de golpe, aplastándole las dos piernas y dejándolo atrapado en la más absoluta oscuridad. El barro helado empezó a meterse a borbotones, subiéndole hasta el pecho. Gritó con todas las fuerzas que le quedaban, pero el grito sordo de un viejo débil fue tapado por el rugido feroz de la tormenta.
Justo cuando Don Esteban sentía que se le iba el último aliento y que la muerte lo estaba velando, vio una sombra a través del marco destrozado de la ventana. Ahogándose en el barrial de afuera, estaba Mateo. El burro gris rebuznaba con desesperación, con los ojos desorbitados de terror, pero clavando sus patas tullidas contra la greda resbaladiza.
Mateo no rajó. Se metió por el hueco de la puerta desencajada, chapoteando en el barro espeso que ya inundaba la pieza. Le empujó el hombro a Don Esteban con el hocico, mientras la campanita de bronce le sonaba en el cuello con un repique apurado y chillón en medio de la tormenta. Don Esteban, con la mano temblando y mugrienta, le agarró la cara al burro, mezclando sus lágrimas con la lluvia: —¡Andate, Mateo!… Vos no me podés salvar. ¡Raja de acá, che!
Pero el burro rengo no le hizo caso. Movido por un instinto descomunal y una lealtad inquebrantable, Mateo se agachó. Agarró con sus dientes fuertes la tela gruesa de la campera de Don Esteban y tiró para adelante con todas sus fuerzas. Como el tirante de madera era demasiado pesado, el burrito dio un paso atrás, se dio vuelta y, con sus patas traseras —tanto la sana como la tullida—, le metió una patada tremenda al tirante atascado. Parecía que se le iban a romper los huesos y los tendones, pero Mateo no paró. Puso todo el peso de su cuerpo flaco y le pegó un topetazo de hombro a la viga.
Por un milagro, el tirante terminó cediendo. El alud de barro empezó a bajarse más rápido. Mateo se arrodilló de inmediato al lado de Don Esteban, dejando salir unos resoplidos desesperados. Al ver su única oportunidad de zafar, el viejo sacó fuerzas de donde no tenía, se agarró fuerte del cuello del burro y se le tiró encima del lomo.
La noche salteña fue testigo de una imagen inolvidable: un burro flaco y rengo, llevando a cuestas a un viejo exhausto, peleándole a brazo partido al alud de barro que bajaba rugiendo desde la cima. Cada paso de Mateo era un calvario. La pata tullida se le doblaba y se le volvía a tensar; su cuerpo temblaba violently bajo el peso y la granizada. No agarró para el lado del valle —por donde bajaba toda la corriente—, sino que peleó la subida hacia un saliente de roca alta detrás de la casa, el único lugar a salvo del derrumbe.
Cuando los dos lograron ponerse a salvo sobre la piedra, se escuchó un estruendo seco: la casilla entera junto con la silla del porch fueron tragadas por el alud y desaparecieron en el precipicio.
A la mañana siguiente, cuando los vecinos y los rescatistas lograron trepar al cerro, se quedaron helados al ver a Don Esteban desmayado sobre la cornisa de roca, abrigado por el cuerpo de Mateo, que estaba echado a su lado. El burro tenía el cuerpo lleno de tajos y las cuatro patas ensangrentadas, pero se había bancado toda la noche helada dándole su propio calor al viejo. La campanita de bronce en su cuello todavía sonaba despacito cada vez que movía las orejas.
El médico del rescate dijo después que, de no haber sido por esa subida a la roca y el calor del animal, Don Esteban se habría muerto de hipotermia o aplastado hacía rato. El burro al que todo el pueblo tenía por inútil había hecho algo que nadie jamás se hubiera imaginado.
En el otoño de ese año, en el centro del pueblo al pie del cerro salteño, se podía ver una escena hermosa. Don Esteban, caminando ahora apoyado en un bastón, paseaba despacito por el camino de tierra colorada. Al lado suyo iba Mateo, con su pata tullida bien curada y enyesada por los veterinarios de la zona. En el cuello del burro, la campanita de bronce que antes estaba despintada ahora brillaba reluciente, marcando un ritmo alegre a cada paso. Ya nadie en el pueblo le decía “el burro inútil”; ahora lo llamaban “El Caballero de Salta”. Don Esteban ya no volvió a vivir en la oscuridad de la soledad, porque sabía que, a su lado, caminaba un alma fiel y corajuda: un amigo que se había jugado la vida para devolverlo a la luz.
El amor y la lealtad no entienden de apariencias ni de perfecciones, porque hasta la criatura más humilde y olvidada puede convertirse en el héroe que nos ilumine la vida para siempre