El corderito solitario en la altipampa de los Andes y la noche de la tormenta de rayos blancos

En las altas y empinadas laderas de los Andes peruanos, donde el aire es escaso y los acantilados verticales se hunden en una helada niebla, vivía un corderito de la raza Corriedale llamado Mateo. Desde que nació, tenía un pelaje marrón grisáceo completamente distinto al blanco puro de la majada. Además, padecía una pequeña cojera en una pata delantera que lo hacía andar rengo, por lo que no podía seguirle el ritmo al rebaño en los senderos de piedra traicioneros. Olvidado por error por el pastor al arriar la majada a través de un valle profundo, Mateo tuvo que sobrevivir por su cuenta en medio de la naturaleza helada. Día tras día, se quedaba parado con paciencia sobre un peñasco rocoso mirando hacia el único camino de huella que llevaba al pueblo, con sus ojitos redondos y tristes, esperando una figura salvadora que nunca aparecía. A nadie le importaba este cordero raro y flaquito, dejándolo a su suerte contra el frío desgarrador y los peligros al acecho del puma de la sierra.

Sin embargo, lo raro que llamaba la atención de los lugareños que a veces pasaban por el valle era que, al caer la tarde, a pesar del hambre y los temblores de frío, Mateo nunca buscaba una cueva protegida para refugiarse. En cambio, el corderito siempre arrastraba las patas hasta pararse justo frente a la puerta de una casilla de piedra de doña Sofía, una tejedora artesanal que vivía sola al final del pueblo. Mateo se quedaba ahí quieto durante horas, balando despacito de a ratos, como si estuviera haciendo una guardia silenciosa para cuidarle el sueño a la anciana con la que jamás había tenido un contacto cercano. Esa noche, una tormenta feroz, típica de la alta montaña, se vino abajo de golpe, trayendo rayos blancos que rajaban el cielo nocturno y desatando aludes de barro de la cumbre que bajaban derecho hacia la zona del valle.

Doña Sofía, de ochenta años, dormía profundamente en su casilla chiquita, totalmente ajena a que la corriente de barro y piedras enormes venía bajando a pura furia por detrás de la ladera, amenazando con taparle la casita en un abrir y cerrar de ojos. En ese instante límite entre la vida y la muerte, el corderito Mateo, desde su puesto de guardia habitual, sintió el temblor fuerte en la tierra y el rugido espantoso que venía de la montaña. El instinto de supervivencia y un lazo invisible lo impulsaron a no salir corriendo para salvarse solo; al contrario, Mateo encaró derecho hacia la puerta gruesa de madera y empezó a pegarle cabezazos con sus cuernitos, metiendo unos balidos desgarradores que cortaban la noche de tormenta para despertar a la señora.

Como no había respuesta porque doña Sofía era sorda por la edad y dormía profundo entre el rugido de la lluvia, Mateo juntó las últimas fuerzas de su pata renga y se puso a rasquetear con desesperación el marco de una ventana baja, sin importarle lastimarse las pezuñas ni las esquirlas de piedra filosas que volaban por todos lados. Gracias a ese ruido insistente e inusual, doña Sofía se despertó de golpe, se levantó asustada y justo llegó a ver cómo el agua embarrada empezaba a filtrarse por las rendijas de la puerta principal, amenazando con derribar las paredes en cualquier momento.

Mientras la señora temblaba sin saber qué hacer, Mateo usó su cuerpito para empujar con fuerza la puerta acorralada por la presión del agua, logrando abrir una pequeña luz para que doña Sofía pudiera hacer palanca con su bastón y salir hacia una parte más alta del terreno, justo antes de que la pared trasera de piedra se viniera abajo por completo sobre el barrial. Cuando los rescatistas del pueblo lograron cruzar la tormenta y llegaron a la mañana siguiente, se quedaron helados al ver a doña Sofía abrazada fuertemente al corderito de pelo marrón grisáceo, todo lastimado de las patas pero firme, protegiéndola en ese pedazo de tierra seguro. Desde ese día, Mateo fue llevado por doña Sofía a vivir con ella, donde lo cuidó con todo el cariño al lado del telar calentito, transformándose en un compañero inseparable en una casita llena de gratitud y amor sincero.

La bondad y la valentía no entienden de especies, y los seres más indefensos a veces guardan en su interior una fuerza enorme para salvarle la vida a un ser humano en los momentos más difíciles.

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